Hay viajes que se planean, y otros que se sienten, se palpan y se sueñan. Este fue uno de esos. Un road trip por Occitania y Nueva Aquitania es mucho más que recorrer kilómetros en coche: es dejarse llevar por caminos entre viñedos, descubrir pueblos que parecen sets de cine medieval y respirar historia y belleza en cada rincón. Es parar el coche porque viste un castillo entre la niebla o porque un mercado local te sedujo con su aroma a queso, trufa y pan recién horneado.

Ambas regiones, con raíces romanas y celtas, han sido testigo de guerras, peregrinaciones y grandes imperios. Occitania, tierra del idioma occitano y de trovadores, fue en la Edad Media un foco cultural único en Europa. Nueva Aquitania, por su parte, guarda en sus tierras la historia del Ducado de Aquitania, tan importante en la Edad Media como en los tratados reales entre Francia e Inglaterra.
¡Abróchate el cinturón, que arrancamos esta ruta fetén por el sur de Francia!
Nuestro Road Trip de 10 días por Occitania y Nueva Aquitania
Día 1: De Madrid a Zaragoza

Empezamos nuestro viaje saliendo desde Madrid. Como queríamos dividir el trayecto, hicimos noche en Zaragoza, una ciudad que siempre nos recibe con los brazos abiertos. Aprovechamos para disfrutar de un paseo por el casco histórico, la Basílica del Pilar iluminada por la noche y, cómo no, tapear en El Tubo.
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Día 2: Aínsa, Gruta du Mas d’Azil y llegada a Toulouse

Al día siguiente cruzamos al corazón del Pirineo aragonés para parar en Aínsa, uno de los pueblos más bonitos de España, con su plaza mayor empedrada y vistas al valle que te roban el aliento.
Cruzamos a Francia a través del túnel de Bielsa, dándonos la entrada a la región de Occitania. Pusimos rumbo a nuestra siguiente parada del día, y la más impactante: la Gruta du Mas d’Azil, una cueva atravesada por una carretera. En serio, parece sacada de una película de aventuras. El interior conserva vestigios prehistóricos y el entorno es simplemente espectacular.

Esa noche llegamos a Toulouse, la «ciudad rosa», que nos esperaba con su ambiente joven y plazas animadas.
Día 3: Descubriendo Toulouse
Dedicamos el día a disfrutar de Toulouse: desde la Place du Capitole, hasta el paseo a orillas del Garona. Una ciudad que mezcla lo moderno con lo histórico como pocas, y donde comer cassoulet es casi una obligación (nosotros esta vez no lo comimos, porque hacía un calor terrible, pero la primera vez que visitamos la ciudad, por supuesto, que nos comimos uno).

Toulouse, es la joya del suroeste francés, es un destino perfecto para pasar unos días. Combina historia, color y vida en cada rincón. Con sus edificios de ladrillo que se tiñen de rosa al atardecer y su ambiente vibrante, es una ciudad ideal para dejarse llevar durante unos días.
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Día 4: Najac, Belcastel y Conques
Entramos de lleno en la Occitania rural. Najac fue nuestra primera parada del día, y lo cierto es que no se nos ocurre una mejor forma de empezar la jornada. Este pueblo alargado, encaramado a un espolón rocoso y dominado por un imponente castillo, parece sacado de un cuento medieval. Fundado en el siglo XIII como bastión defensivo, su historia está muy ligada a la de los cátaros y las guerras religiosas que azotaron la región.

Recorrimos su calle principal, la Rue du Barriou, una empinada y serpenteante vía empedrada que conecta la entrada del pueblo con la fortaleza. Las vistas desde el castillo de Najac son de esas que te dejan sin aliento. También nos encantó asomarnos a la iglesia de Saint-Jean, una joya gótica con una sola nave, y pasear por sus callejuelas llenas de flores.
Y tras la caminata, hicimos una parada para reponer fuerzas en el restaurante Le Faubourg Najac. Un sitio encantador, con terraza y cocina local que nos supo a gloria.
💡 Consejo fetén: Aparcamos el coche en el parking de pago de la Place du Sol du Barry, justo a la entrada del pueblo, lo cual nos vino fenomenal para empezar la visita desde lo alto.
La siguiente parada fue Belcastel, otro de esos pueblos que no entiendes cómo no salen más en las postales. Fue amor a primera vista. Con su castillo del siglo XI restaurado en lo alto y el puente de piedra medieval cruzando el río Aveyron, Belcastel se nos quedó grabado en la retina. Las casas de piedra con tejados de pizarra, el sonido del agua, el aroma a campo… puro ambiente de cuento.

Paseamos por sus callejuelas con calma, bajando desde el castillo, desde donde se tienen unas vistas espectaculares del pueblo y del entorno, hasta el puente medieval, desde donde alucinamos, aún más, con las preciosas vistas del pueblo.
💡 Consejo fetén: Para aparcar, hay un pequeño parking gratuito en la entrada del pueblo, ideal para empezar la visita. Pero, si al igual que a nosotros, ves que está lleno, dirígete al parking (de pago) del castillo, en la parte alta del pueblo.
Y para cerrar el día, llegamos a Conques, el broche de oro de esta jornada. Conques no es solo bonito, es uno de esos lugares que tienen alma. Un pequeño tesoro escondido entre montañas, paso obligado para los peregrinos del Camino de Santiago.

Su gran joya es la abadía de Sainte-Foy, una maravilla del románico que impresiona por fuera y emociona por dentro, sobre todo al atardecer, cuando la luz empieza a dorar su piedra y la música sacra inunda sus naves. Pasear por Conques de noche, con las farolas encendidas y el silencio envolviéndolo todo, es una experiencia casi espiritual.
💡 Consejo fetén: El mejor lugar para aparcar es en el parking de l’Etoile (de pago), a la entrada del pueblo.
💡 Otro Consejo fetén: Te recomendamos acercarte hasta el mirador Le Bancarel, desde se obtienen las mejores panorámicas de Conques.

Día 5: Loubressac, Carennac, Collonges-la-Rouge y llegada a Sarlat-la-Canéda
Salimos de Conques rumbo a nuestra primera parada del día: Loubressac, un pequeño y encantador pueblo colgado sobre un promontorio que ofrece unas vistas panorámicas espectaculares del valle del Dordoña. Sus calles empedradas, casas de piedra con tejados de tejas marrones y una tranquilad increíble, nos hicieron bajar el ritmo y disfrutar del paseo. El castillo de Loubressac y la iglesia de Saint-Jean-Baptiste fueron nuestras principales visitas. Lo mejor es perderse por las callejuelas de Loubressac e ir descubriendo rincones con mucho encanto.

👉 El mejor lugar para aparcar es el parking (de pago) que hay justo a la entrada del pueblo.
Carennac fue nuestra segunda parada del día, y otra joya del recorrido. Este pueblo está repleto de rincones encantadores, con sus casas nobles de piedra caliza y sus balcones de madera. Lo más especial fue la visita al claustro de la Iglesia prioral de San Pedro.
💡 Consejo fetén: Para poder acceder, hay que pedir la llave en la Oficina de Turismo, justo al lado de la entrada, y pagar 3 euros. Y sí, merece muchísimo la pena. El claustro es un remanso de paz con arcos elegantes y capiteles tallados que nos hicieron detenernos largo rato.

👉 El mejor lugar para aparcar es el parking (de pago) que hay justo enfrente del ayuntamiento (Marie) de Carennac.
Después de empaparnos de historia, dimos un paseo junto al río Dordoña, disfrutando del murmullo del agua y la tranquilidad del entorno.
Y ya con hambre, fuimos al restaurante Le Prieuré, donde comimos de maravilla con un menú del día que nos dejó más que satisfechos.
La tarde la dedicamos a visitar Collonges-la-Rouge, uno de los pueblos más peculiares del viaje por el color rojo intenso de sus piedras, que le dan un aire casi irreal. Aquí no solo paseamos por sus callejuelas entre torres y arcos, sino que aprovechamos para hacer compras de cerámica artesanal y productos locales como paté y foie gras. ¡Imposible resistirse!

👉 El mejor lugar para aparcar es el parking Chaulet (de pago) a la entrada/salida del pueblo según por donde se acceda.
Para finalizar el día, llegamos a Sarlat, nuestra base para los próximos tres días. Hicimos una primera toma de contacto con esta ciudad medieval que promete darnos mucho en las siguientes jornadas. Paseamos por sus callejuelas iluminadas y nos dejamos llevar por el ambiente encantador que respira cada rincón de esta joya del Périgord Noir.
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Día 6: Ruta de castillos y pueblos con encanto
Empezamos el día con energía y con hambre, por eso nos fuimos a uno de los mejores sitios para desayunar en Sarlat: la Maison Lissajoux. Croissants recién horneados, café con aroma y ese aire de bistró elegante pero cercano, perfecto para arrancar una jornada que prometía ser intensa.
Nuestra primera parada fue Beynac-et-Cazenac, uno de los pueblos más bonitos de toda la Dordoña. Su castillo, encaramado sobre un acantilado con vistas al río, domina el paisaje con una presencia imponente.
Subimos a pie por sus calles empedradas entre casas de piedra dorada y rincones con mucho encanto, y al llegar al castillo, la panorámica nos dejó sin palabras.

👉 Nosotros aparcamos en el parking (de pago) que hay pegado al río, de donde salen los barcos que recorren el río Dordoña. Este parking es ideal si quieres recorrer el pequeño pueblo y luego visitar el castillo, eso sí, te espera una buena subida ¡OJO! También tienes un parking gratuito en lo alto del pueblo, a pocos metros del castillo.
Seguimos la ruta hasta Castelnaud-la-Chapelle, otro pueblo encantador donde la historia vuelve a hacerse presente con fuerza. Su castillo, hoy convertido en museo de armas medievales, nos pareció fascinante. Pasear por sus callejuelas y asomarse a los miradores con vistas al valle del Dordoña es un regalo para los sentidos.

Después de tanto encanto medieval, nos dirigimos hacia Cahors, una ciudad con mucha vida y un casco histórico encantador. Antes de empezar con la visita, aprovechamos para comer en el restaurante Le Colibrí, un local sin pretensiones pero con comida casera que nos sorprendió muy gratamente. ¡Recomendadísimo para una pausa sabrosa y tranquila!
Cahors tiene una historia fascinante que se remonta a tiempos romanos. Durante la Edad Media, fue un importante centro comercial y universitario, conocido por sus banqueros y por la producción de vino. La ciudad prosperó tanto que incluso llegó a ser un punto caliente en las luchas religiosas del siglo XVI.

En Cahors, no te puedes perder algunos de sus lugares más emblemáticos: el Pont Valentré, un puente medieval fortificado que parece sacado de una leyenda; la Catedral de Saint-Étienne, con su mezcla de estilos románico y gótico; y los jardines secretos que se esconden entre callejuelas adoquinadas. También es muy recomendable dar un paseo junto al río Lot, desde donde se obtienen algunas de las mejores vistas de la ciudad. Cahors es uno de esos lugares que merecen una parada larga.
De Cahors pusimos rumbo a Saint-Cirq-Lapopie. Qué decir de este pueblo… fue otro flechazo viajero. Lo mejor que se puede hacer aquí, es perderse entre sus calles empinadas, con casas colgadas del acantilado, balcones floridos y vistas al río Lot.
Saint-Cirq-Lapopie fue en su día una fortaleza clave durante la Edad Media, y buena parte de su encanto actual se lo debe a ese legado histórico. Desde el siglo XIII fue hogar de importantes familias nobles y comerciantes, y su ubicación estratégica sobre el río Lot la convirtió en un punto de control privilegiado.

El día no podía terminar de mejor manera que con la visita a Rocamadour. Este lugar, encajado en una pared rocosa, es uno de los santuarios más impresionantes de Francia.
Dejamos el coche en el parking del castillo, situado en la parte alta del pueblo, y comenzamos a descender poco a poco, disfrutando de cada rincón del recorrido. Primero nos encontramos con el propio castillo, desde donde se obtienen vistas espectaculares del cañón del Alzou. Luego, seguimos bajando hasta llegar al Chemin de Croix, un sendero salpicado de estaciones del Vía Crucis, perfectamente integrado en el entorno natural.

El camino nos condujo hasta el santuario, una maravilla arquitectónica compuesta por varias capillas excavadas en la roca. Y desde allí, descendimos finalmente hasta la Rue de la Couronnerie, la calle principal de Rocamadour, repleta de tiendas de artesanía, restaurantes y algún que otro peregrino. Rocamadour es de esos lugares que no se olvidan, damos fe.
Una jornada intensa, sí, pero de las que te llenan nuestra mochila viajera. Castillos, pueblos de cuento, buena comida y paisajes para el recuerdo. ¿Qué más se puede pedir?
Día 7: Mercado de Sarlat, La Roque-Gageac y Domme
Los miércoles en Sarlat tienen un aroma especial. Nos pasamos toda la mañana recorriendo su famoso mercado, uno de los más pintorescos y auténticos del sur de Francia.

Este mercado se celebra los miércoles y sábados, y es una explosión de colores, sabores y aromas. Ocupa buena parte del casco antiguo, entre la Place de la Liberté y sus calles aledañas, con puestos de frutas, verduras, quesos, foie gras, nueces, vino y artesanía local.
Tiene siglos de historia —se remonta al siglo XV— y sigue siendo un punto de encuentro para locales y visitantes. Nosotros no paramos de hacer compras ¡Imposible resistirse!
Aprovechamos también para seguir callejeando por Sarlat y descubrir algunos rincones que aún no habíamos explorado. Esta ciudad tiene esa mezcla de elegancia medieval y vida callejera que la hace única y muy disfrutable a cualquier hora del día.
Para comer, elegimos el restaurante O’comptoir, un pequeño local con mucho encanto donde disfrutamos de un menú del día delicioso. Platos bien presentados, producto local y una atención estupenda. Salimos encantados y con energías renovadas para continuar la jornada.
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Ya por la tarde, nos dirigimos al encantador pueblo de La Roque-Gageac, encajado entre un acantilado y el río Dordoña. Las casas doradas reflejadas en el agua, los jardines exóticos que crecen en sus laderas y la posibilidad de hacer un paseo en gabarra (barcos tradicionales del río) lo convierten en un lugar de postal.

Y para cerrar el día, visitamos Domme, un pueblo fortificado que fue toda una sorpresa. Situado en lo alto de una colina, ofrece unas vistas espectaculares del valle del Dordoña. Pasear por sus murallas, entrar en las grutas que se esconden bajo el pueblo y sentarse a tomar algo en la plaza central mientras cae la tarde, fue el broche de oro para una jornada más tranquila pero igualmente inolvidable.

Día 8: Lascaux, Périgueux y Bergerec
Día de despedida de nuestra querida Sarlat, así que decidimos despedirnos por todo lo alto, empezando con un desayuno en la ya imprescindible Maison Lissajoux. Un último café con croissant en ese rincón encantador antes de seguir nuestra ruta.
Nuestra primera parada fue la famosa Cueva de Lascaux, uno de los yacimientos prehistóricos más importantes del mundo.
Aunque la cueva original está cerrada al público para su preservación, hoy se puede visitar una reproducción exacta en Lascaux II, una réplica fiel construida a escasos metros del yacimiento original.

La visita es fascinante: es guiada, aunque por horarios nosotros solo pudimos optar a la visita en francés, y la verdad es que de muchas explicaciones no nos enteramos mucho, pero como lo importante es ver lo que allí se esconde, a nosotros nos mereció mucho la pena. Se pueden ver algunas de las pinturas más icónicas, como los famosos toros y ciervos pintados con gran detalle hace más de 17.000 años. Lascaux es un lugar imprescindible para los amantes del arte prehistórico y la historia antigua.
Si estás pensando en visitarla, te recomendamos consultar los horarios de las visitas guiadas (no se puede visitar por libre) y precios en su página oficial para planificar mejor tu paso por allí.
👉 Hay un parking (gratuito) justo a la entrada de Lascaux II.
De allí nos dirigimos a Périgueux, capital del Périgord Blanco, donde el pasado romano y medieval se dan la mano. Paseamos por su casco antiguo, lleno de callejuelas estrechas, fachadas con entramados de madera y terrazas animadas. No te puedes perder la catedral de Saint-Front, con su silueta bizantina, ni el Vesunna, un museo-galería con restos de una villa romana. Périgueux es una ciudad con carácter, de esas que invitan a explorar sin prisa.

Y como no solo de historia vive el viajero, aprovechamos para comer en el restaurante Le Saint Louis, situado en la plaza del mismo nombre, una de las más bonitas y animadas de la ciudad. Allí disfrutamos de un menú del día delicioso, con producto local y ambiente relajado, perfecto para coger fuerzas y seguir descubriendo esta joya del Périgord.
Nuestra última gran parada del día fue Bergerac, a orillas del río Dordoña. Esta coqueta ciudad, conocida por su vino y por el célebre Cyrano (aunque nunca vivió allí), nos sorprendió con su ambiente relajado y su bonito casco antiguo.

Fundada en la Edad Media y con un fuerte vínculo con la historia del protestantismo en Francia, Bergerac conserva un patrimonio arquitectónico muy bien cuidado. Entre sus imprescindibles están el puerto fluvial, desde donde antiguamente salían las gabarras cargadas de vino, el Museo del Tabaco y sus plazas con soportales, como la Place Pélissière. Tampoco hay que perderse la Maison des Vins, un espacio dedicado a los vinos de la región donde se pueden hacer catas. Las calles adoquinadas, la estatua de Cyrano y las vinotecas que se suceden entre fachadas de entramado hacen de este lugar una parada muy apetecible.
Terminamos el día en Marmande, una ciudad más funcional que turística, que utilizamos simplemente como base para pasar la noche antes de continuar nuestro camino.
Día 9: Aitana, Elizondo y Pamplona
Este noveno día marcaba el inicio del tramo final de nuestro roadtrip, con la despedida de la región de Nueva Aquitania. Antes de cruzar a tierras españolas, hicimos una última parada en Francia para visitar el bonito pueblo de Aitana, un lugar con encanto que nos permitió cerrar esta etapa con una buena dosis de belleza rural.

Tras esto, cruzamos la frontera y nos adentramos en la Comunidad Foral de Navarra, con destino al pintoresco pueblo de Elizondo. Allí aprovechamos, y antes de visitar el pueblo, para hacer una parada gastronómica que nos supo a gloria. Elegimos el restaurante Santxotena, situado en pleno centro, y fue sin duda la mejor decisión del día. Un local acogedor, con decoración tradicional y una cocina casera que nos dejó encantados. Comimos de vicio, con platos bien servidos y producto de calidad.

Ya por la tarde, llegamos a Pamplona, donde a pesar de la intensa lluvia no quisimos perdernos sus lugares más emblemáticos.
Paseamos con paraguas por la Plaza del Castillo, la calle Estafeta y la Catedral, dejándonos empapar un poco por el ambiente (y por el agua). Para rematar el día, nos fuimos de pintxos, y nos centramos sobre todo en la calle San Nicolás, donde cada bar tiene su propia especialidad.
Día 10: De vuelta a Madrid
Salimos de Pamplona bajo una lluvia persistente, y ese mismo agua nos acompañó durante todo nuestro último día de ruta. Nuestro único destino antes de regresar a Madrid fue un lugar que teníamos muchísimas ganas de conocer: las Bardenas Reales. A pesar del mal tiempo, nos adentramos en este paraje semidesértico que parece sacado de otro planeta. Montañas de arcilla, formaciones caprichosas, barrancos y llanuras que se extienden hasta donde alcanza la vista.

| ¿Sabías qué…? Las Bardenas Reales han sido escenario de múltiples rodajes de cine y televisión, como la popular serie Juego de Tronos, gracias a su aspecto árido y casi marciano. |
Visitamos varios puntos emblemáticos, como la Ermita de la Virgen del Yugo, el icónico cabezo de Castildetierra, la zona del barranco de las Cortinas y algunos miradores que, aunque bajo la lluvia, seguían siendo espectaculares.
El viaje terminó como empezó, en Madrid. Pero volvimos con la mochila cargada de anécdotas, fotos con historia, y esa sensación de haber exprimido cada kilómetro con ganas. Una aventura de esas que se te quedan marcadas a fuego en el recuerdo.
Conclusión: Un road trip para el recuerdo
Y así, tras diez días de curvas, pueblos de cuento, comilonas y paisajes que nos hicieron soltar más de un ‘wow’, llegamos a Madrid. Este road trip por Occitania y Nueva Aquitania no fue solo una escapada más: fue un viaje de los que se cuentan, se reviven y se recomiendan con una sonrisa.
¡Y ahora cuéntanos! ¿te animarías a hacer esta ruta? ¿Has hecho alguna ruta parecida? ¿Cuál de todos estos rincones te ha robado el corazón? ¡Te leemos en los comentarios, viajero fetén!
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